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29 de Abril de 2018

La frase del título puede parecer un consejo o una anécdota dentro de un cuento surrealista, sin embargo, me refiero ahora a un experimento llevado a cabo por un grupo de investigación liderado por el doctor Nenad Sestan en la Universidad de Yale, que consistió en mantener vivo el cerebro de cerdos decapitados.

Los científicos acudieron a un rastro de cerdos y rescataron las cabezas de los animales inmediatamente después de su muerte, restaurando la circulación mediante bombas de infusión conectadas a las arterias y venas, a través de las cuales se inyectó un líquido con capacidad de transportar oxígeno y nutrientes al tiempo de mantener la temperatura en límites normales para el animal.

Las cabezas no presentaron evidencia de recobrar la conciencia, pero hubo una serie de resultados inesperados, porque apareció evidencia de millones de células cerebrales funcionando y con capacidad de presentar actividad normal.

El sistema ya fue bautizado como Brain-Ex y el grupo se encuentra trabajando en dificultades que han encontrado para mantener la microcirculación con aporte de oxígeno suficiente para sostener todas las funciones cerebrales.

Si bien es cierto, parece un avance interesante y normal dado el desarrollo en la preservación de órganos para trasplante, éste parece ser un campo con implicaciones éticas muy diferentes, porque aquí se pondrá en tela de juicio el concepto mismo de la muerte; que en muchas legislaciones, incluyendo a la nuestra, implica la muerte del cerebro.

Resulta inevitable, frente a estos resultados, imaginar a corto plazo la preservación de un cerebro humano bajo estas condiciones, para buscarle en el futuro un organismo al que se pudiera ¿implantar? O… ¿trasplantar?

Los conceptos mismos parecen inadecuados. El sueño de la inmortalidad, abordado por tantos autores en la literatura universal, parece tener hoy un primer sustrato científico hacia su consecución.

Los ángulos de estudio ético del experimento parecen infinitos. Cuando hablamos del embrión que carece de cerebro, nos parece científicamente razonable establecer que no es una persona, justamente por esa característica; así como cuando una persona pierde el cerebro en un accidente, afirmamos que falleció.

Ahora, frente a la posibilidad de mantener vivo el cerebro ¿será una persona?, ¿será capaz de sufrir o gozar? Y en caso de que nuestra respuesta sea positiva, será entonces sujeto de derechos, incluyendo mantenerlo vivo bajo las circunstancias que decida o haya decidido previamente.

Como frecuentemente ocurre, el desarrollo científico nos coloca, como sociedad, frente a nuevos dilemas éticos que tenemos la necesidad urgente de abordar, discutir y arribar a conclusiones aceptables para la mayoría; que, por supuesto, deben incluir los costes a la sociedad y el acceso universal a dichos desarrollos.

El nuevo gobierno debe entender que urge una política científica con capacidad de generar conocimiento en ésta y en todas las áreas. En un futuro próximo analizaré las propuestas en ciencia.