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Ayer fue dada a conocer una noticia que es mala, menos dramática que los incendios, los terremotos y las inundaciones, menos aterradora que los asesinatos, pero más preocupante: el estudio sobre la obesidad y la desnutrición que publicó la Organización Mundial de la Salud, junto con la revista The Lancet. Es el estudio más amplio y profundo jamás hecho alrededor del tema: más de mil investigadores analizaron la información sobre la estatura y el peso de cerca de 130 millones de personas, para identificar las tendencias que van de 1975 a 2016. Descubrieron que el número de niños y adolescentes obesos aumentó a 124 millones en 2016 —un número más de 10 veces mayor que los 11 millones clasificados como obesos hace 40 años, en 1975—. Esto quiere decir que son obesos 5.6 por ciento de las niñas y 7.8 por ciento de los niños en el mundo. La obesidad está concentrada en las islas de Polinesia, donde alcanza a más de 30 por ciento de los niños y niñas de 5 a 19 años de edad. Siguen en esa lista Estados Unidos y algunos países de Medio Oriente, como Kuwait, donde la obesidad afecta a más de 20 por ciento de la población de niños y adolescentes. En América Latina, México es uno de los países con más obesidad, junto con Argentina. ¿Qué fue lo que pasó? “Aún no está claro cuál es la explicación de que haya tanta obesidad en estos países”, dice Chiara di Cesare, coautora del estudio que publicó The Lancet, “aunque una de las razones puede ser el cambio brusco en el mercado alimentario y la llegada de comida procesada con bajo valor nutritivo”. En las últimas décadas ocurrió una transición alimenticia en muchos países: la población más pobre, sin poder comprar comida saludable, como frutas, granos y verduras, tuvo de pronto acceso a alimentos más baratos, poco sanos.

El estudio reveló también los problemas del otro lado del espectro: alrededor de 192 millones de personas están moderada o severamente desnutridas en el mundo. A diferencia de la obesidad, el número de niños y adolescentes desnutridos ha declinado desde 1975, señala el estudio dado a conocer por la OMS. Pero permanece alto. Por ejemplo, 50.1 por ciento de las niñas en India están desnutridas (aunque la cifra en 1975 era 59.9 por ciento). Si las tendencias continúan, en 2022 habrá en el mundo más niños y jóvenes obesos que desnutridos. La sobrealimentación y la subalimentación son desde luego problemas que están relacionados. Ambos expresan una crisis de malnutrición causada tanto por la falta de alimentos como por el consumo de alimentos poco saludables. Las consecuencias para la salud de la desnutrición son visibles, dramáticas: más riesgo de enfermedades infecciosas (3 millones de niños mueren por estas causas año con año). Las consecuencias para la salud de la obesidad, en cambio, son menos visibles, más bien crónicas: problemas como la diabetes y el cáncer, que aparecen luego de décadas. En muchos casos, como en China y en el norte de África, el paso de la desnutrición a la obesidad ha sido rápido, entre la población más pobre: los programas alimenticios, que siempre buscaron dar más calorías a los niños, no estaban preparados para un escenario de obesidad. Y está también el hecho, agrego yo, de que nadie hace ejercicio: la comodidad es hoy entendida como la ausencia de todo esfuerzo físico.

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com

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