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Un año después de desatarse la pandemia, millones de dólares y esfuerzos se invierten en desinfectar superficies a pesar de que hoy sabemos que el riesgo de transmisión por esa vía es mínimo.

Todos fuimos actores de la misma escena. Ir al supermercado. Regresar a la casa y quitarse los zapatos. Llevar las bolsas de las compras a la cocina con cuidado. Desempacar todo y dedicarse a lavar las bolsas de fríjoles o lentejas, los empaques de carne o las latas para sobrevivir encerrados en cuarentena, y hasta los mismos recipientes de jabón que más tarde serían usados para lavar otros recipientes de jabón. El miedo era el común denominador: el virus SARS-CoV-2 podía estar escondido en cualquier lugar listo para saltar a nuestra garganta y pulmones. (Lea: Coronavirus en Colombia 2 de febrero: 10.091 casos y principales noticias)

Durante el último año se han invertido miles de millones de dólares en el mundo en comprar productos desinfectantes. Se estima que a finales de 2020, las ventas mundiales de desinfectante de superficies alcanzaron los US$4.500 millones. En Colombia no solo corrieron ríos de desinfectante; la batalla contra el nuevo coronavirus se libró también sobre “tapetes desinfectantes”, dentro de “cabinas desinfectantes” o bajo una lluvia de desinfectantes rociada sobre las cabezas de compradores aglutinados para hacer compras de Navidad.

Es cierto que al principio de la pandemia sabíamos poco y era mejor pecar por acción que por omisión. Ante la poca evidencia científica que existía sobre las formas de transmisión del virus, lo más seguro era asumir que se transmitía por vía aérea, a través de los aerosoles que expelemos al hablar, toser o reír, pero también que el contagio podía ocurrir a través de lo que los especialistas llaman “fómites”, objetos inanimados que al contaminarse con algún patógeno tienen la capacidad de transferir dicho patógeno de un individuo a otro.

La misma Organización Mundial de la Salud incluyó en sus guías la advertencia sobre la transmisión del nuevo coronavirus a través de fómites. Lo mismo hicieron varias agencias de salud en el mundo. Como lo advirtió Dyani Lewis en un reciente artículo sobre este tema en la revista Nature, “el enfoque en los fómites, en lugar de aerosoles, surgió al comienzo del brote de coronavirus debido a lo que la gente sabía sobre otras enfermedades infecciosas”.

Mientras millones de personas comenzaron a convivir con recipientes de desinfectante a la mano para protegerse del nuevo coronavirus, diversos grupos de investigación en el mundo se lanzaron a tratar de establecer qué tanto sobrevivía el virus en superficies y, en consecuencia, cuál era el riesgo de transmisión. A lo largo del 2020 se publicaron decenas de artículos en los que se aseguraba que el virus podía sobrevivir hasta seis días en las superficies y, por tanto, agazaparse ahí hasta la aparición de una nueva víctima.

El problema, como lo advierte Emanuel Goldman, microbiólogo de la Facultad de Medicina de la U. Rutgers en Nueva Jersey, en la revista Nature, es que “ninguno de estos estudios presenta escenarios similares a situaciones de la vida real”. Por un lado, las cantidades analizadas de partículas virales en los experimentos ni las condiciones ambientales, necesariamente, coinciden con las de la vida real. En un artículo de julio de 2020 Goldman ya lo advertía: “La cantidad de virus realmente depositada en superficies (de la vida real) probablemente sea varios órdenes de magnitud menor (a la de experimentos)”. Por otra parte, muchos de estos experimentos se han basado en identificar la presencia del material genético del virus. Pero como el mismo Goldman señaló en la revista mencionada: “El ARN viral es el equivalente al cadáver del virus; no es contagioso”.

“En mi opinión, la posibilidad de transmisión a través de superficies inanimadas es muy pequeña y solo en los casos en que una persona infectada tose o estornuda en la superficie y alguien más toca esa superficie poco después de toser o estornudar (en una a dos horas). No estoy en desacuerdo con pecar de cauteloso, pero esto puede llegar a extremos no justificados por los datos”, escribía Goldman en julio del año pasado.

Pese a esa y otras advertencias, como la de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU, que por la misma época apuntaron sobre los fómites que “no se cree que sea la forma principal de propagación del virus”, el miedo y la costumbre de desinfectarlo todo ya parecían instauradas y difíciles de remover de nuestra cultura pandémica. Muchas personas argumentarán que ante la duda o el bajo riesgo no pierden nada desinfectando todo. Una postura que olvida la contracara del asunto. (Acá: De nuevo con los ojos puestos en el Amazonas por el COVID-19)

En un reportaje titulado “La pandemia aumentó la dermatitis en las manos”, la periodista María Mónica Monsalve, de El Espectador, recopiló las preocupaciones de los dermatólogos ante este fenómeno. Uno de los estudios más grandes sobre los efectos adversos de este comportamiento, publicado en la revista Contact Dermatitis, tras evaluar cómo se encontraban las manos de 6.858 niños daneses después de salir de la primera cuarentena y seguir la recomendación de higiene del gobierno, concluyó que el 12,1 % tenía eczema en las manos antes de abrir las guarderías, mientras que el 38,3 % presentó este síntoma después de regresar a estos centros. De los niños que nunca había presentado estas lesiones en su vida, el 28 % lo hizo al regresar a la guardería. “El riesgo de eczema de manos se asoció significativamente con dermatitis atópica, sexo femenino, mayor edad y frecuencia de lavado de manos”, concluyó la publicación. (Acá: La pandemia aumentó la dermatitis en las manos)

No se trata de decir que no es posible que ocurra la transmisión a través de fómites; se trata de entender que el riesgo es mínimo y que existen medidas más costoefectivas para evitar el contagio: evitar lugares concurridos, asegurar buena ventilación, lavarse las manos y usar mascarilla, entre otras medidas no farmacológicas.

En su artículo para Nature, y tras consultar a varios de los investigadores que han trabajado en las formas de transmisión del virus, Lewis anotó que “armados con datos de un año sobre casos de coronavirus, los investigadores dicen que un hecho es claro: son las personas, no las superficies, lo que debería ser el principal motivo de preocupación”.

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